Y tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, dieronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar. Y así, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro —mas no sin hambre— y medio sano. Luego, otro día que fui levantado, el señor, mi amo, me tomó por la mano y sacóme a la puerta afuera, y, puesto en la calle, díjome: -Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios. Que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.
Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, se tornó a meter en casa y cerró su puerta.